No hay nada mejor que un buen adiós. Llegamos al final de una de las sagas míticas tanto a nivel literario como cinematográfico, importante dato a la hora de adaptar el guión sin quedarse demasiados hilos en el ovillo y hasta el momento, bajo la batuta del director David Yates lo han conseguido con creces desde que se hiciera cargo de la franquicia con “Harry Potter y la Orden del Fénix”. El director y guionista inglés ha sabido desarrollar con acierto la transición del mundo de Potter de un poco de luz que quedaba de la infancia a la oscuridad de la adolescencia, plasmando este último concepto de manera clara en la anterior “Harry Potter y el misterio del Príncipe”, en este film las aventuras en Hogwarts se tornaban dramáticamente hacia parajes no conocidos hasta ahora, complicándose la trama enfocada hacia un público nada infantil. Pues los héroes también crecen y Harry dejó de ser un niño hace tiempo.
En la presente entrega se abandona el esquema que siempre ha conducido las anteriores: conflicto, desarrollo de curso en Hogwarts en paralelo con la aventura en la que interviene el maquiavélico Voldemort o secuaz de turno, resolución del misterio y fin de curso. Esto se ha terminado, jugando con nuevos escenarios la acción se hace patente desde el principio desembocando en una trepidante persecución. Por fin conocemos a los Granger, somos testigos de la despedida de Harry de Little Whinging, menos emotiva en el film que en las páginas de Rowling, aquí todo empezó, es el primer lugar donde comienza el fin. No es un episodio más, no se puede ver y entender el argumento si anteriormente no se ha visionado al menos “Harry Potter y el misterio del Príncipe” (el concepto mestizo empieza a entenderse ahora), a tener en cuenta a la hora de intentar seguir los giros e información que se va desprendiendo con el avance de los acontecimientos: el pasado de Dumbledore, la búsqueda de los Horrocruxes y la situación en el Ministerio de Magia, con un nuevo Ministro: Rufus Scrimgeour encarnado brevemente por Bill Nighy, uno de los pocos actores ingleses que faltaba por participar en la saga. Por otro lado se explayan en temas implícitos en los libros, pero que hasta ahora se tocaban de refilón en las películas, no era cuestíon de ahondar en las reglas de sangre, la distinción entre magos y los demás seres, incluídos los humanos no mágicos (los muggles) que convirtien a Lord Voldemort y sus mortífagos en verdaderos nazis sangre límpia.
Somos testigos de alguna pérdida, pues a J.K. Rowling no le tiembla el pulso a la hora de finiquitar un personaje, por otra parte, nuevas presentaciones, aunque estamos en el capítulo final son indispensables, aparece otro hermano Weasley que nos quedaba por conocer: Bill, en el preludio de su boda y que incluye en el casting al irlandés (pelirrojo auténtico) Domhnall Gleeson y a medida, en su papel de lunático Rhys Ifans como Xenophilius Lovegood, padre de Luna, quien abre la puerta del conocimiento a los tres protagonistas de las legendarias Reliquias de la Muerte. El viaje es trepidante, una pena que no repitan ni John Williams ni Nicholas Hopper, que se encargo de componer la banda sonora del anterior film, bastante destacable, esta vez el score viene de la mano de Alexandre Desplat tan famoso en los últimos tiempos como incorregiblemente soso para mi gusto, no pone suficiente énfasis a la acción que desde el comienzo nos lleva a huir de mortífagos incesantemente, revolucionar el Ministerio, escapar in extremis, recorrer bosques desolados y fríos, atracar el banco custodiado por enanos, Gringotts, con dragón incluido, etc. Todos estos momentos nos dejan pegados al asiento y con ganas de más sabiendo que para cuando vuelva el calor del verano la batalla final nos espera.













