Si nos hacemos conscientes de que cada pensamiento aspira a realizarse, nos daremos cuenta de que al fin y al cabo nuestros pensamientos son nuestros sufrimientos. Si estamos equilibrados y armonizados, si tenemos pensamientos amistosos, las fuerzas espirituales fluyen más intensamente en nosotros. Pero si por el contrario tenemos pensamientos negativos o desconsolados, la fuerza espiritual disminuye en nosotros. El sistema nervioso, que es la conciencia de los nervios del cuerpo, reacciona y deja fluir las fuerzas espirituales correspondientemente de forma más o menos intensa, según sea nuestra postura frente a la vida.
Los pensamientos llenos de envidia y odio, es decir, pensamientos atroces, ideas sobre enfermedades, excesos y vicios de toda clase, tienen efecto primero sobre el sistema nervioso y en un trascurso posterior sobre el alma. Las vibraciones correspondientes procedentes del sistema nervioso alcanzan después al cuerpo, donde son influidos los átomos y las células.
Sin embargo hay que aprender a captar los contenidos profundos, las intenciones verdaderas de nuestros pensamientos, para reconocer si el pensamiento que superficialmente es positivo, lo es también por dentro. Pensar positivamente sólo tiene un efecto positivo y protector de nuestro cuerpo si nuestros pensamientos no son la tapadera de conflictos y dolores que se quieren tapar o reprimir. Lo que vibra dentro de nuestros pensamientos es lo decisivo, y sólo si ponemos en orden lo negativo, reconociéndonos, mejorándonos y haciendo las paces con nuestro prójimo según la divisa: "Lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas tu a nadie", entonces sentiremos la ligereza interna y la positividad que nace del alma y que sana, protege e incluso ayuda a nuestro entorno.
Por lo tanto depende complemente de nosotros lo que hacemos de nuestra vida. Del mismo modo, pero a la inversa actúan también sobre el sistema nervioso y el alma los sentimientos positivos de bondad, amor, amabilidad y benevolencia. Estos relajan la conciencia de los nervios, la llevan a la armonía, purifican el organismo y dejan fluir incrementadamente en el cuerpo las corrientes donantes de vida. Así sentimos que todos los canales de vida están abiertos y libres y las fuerzas de vida fluyen reforzadamente en el organismo. Estas fuerzas sanadoras y de vida se vuelven entonces efectivas en el organismo. Lo desintoxican de tal manera que supera las influencias que producen una enfermedad. Un cuerpo enfermo puede transformarse así en un cuerpo sano. De esta manera comprobamos que con Dios, con la energía divina, "es más fácil vivir".
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